¿El precio del cambio? El dilema de una Argentina que elige "comprar barato" a costa de sus fábricas

Hace 6 meses Economía

El reciente respaldo electoral al modelo de Javier Milei ha dejado una postal paradójica: mientras las encuestas y las urnas validan el rumbo económico, el mapa productivo del país muestra grietas cada vez más profundas. Bajo el concepto de "industricidio", se debate si el cierre de persianas y la pérdida de miles de empleos son un daño colateral aceptado por una sociedad que, agotada de las crisis cíclicas, prefiere no mirar atrás.

​El frío de los números y el adiós de los gigantes

​Las cifras que circulan en los pasillos industriales son alarmantes. Según registros recientes, en los últimos dos años la Argentina ha visto desaparecer cerca de 19.400 empresas y se han esfumado más de 220.000 puestos de trabajo formales. No se trata solo de estadísticas, sino de historias con nombres propios.

​Dos casos emblemáticos marcan el pulso de este cambio de era:

  1. Whirlpool: La planta de lavarropas, que nació bajo el modelo de sustitución de importaciones, apagó sus máquinas dejando a 200 familias en la calle.
  2. SKF: Quizás el golpe más simbólico. La firma de rulemanes, con un siglo de permanencia en el suelo argentino, decidió retirarse días después de la ratificación electoral del oficialismo. Para muchos analistas, este cierre envía un mensaje claro: las empresas que sobrevivieron a décadas de inestabilidad no ven un lugar para la industria tradicional en el nuevo esquema de libre mercado.
​¿Un apoyo social basado en el consumo?

​Lo que distingue a este proceso de otros intentos aperturistas de la historia argentina es el consenso social. A diferencia del pasado, una parte considerable de la población parece haber hecho un "pacto de realismo": la prioridad es el acceso a productos importados a precios competitivos y el fin de la inflación, incluso si eso implica que el sector manufacturero local pierda la batalla.

​La percepción de la crisis industrial se ha vuelto, para el ciudadano de a pie, algo lejano. Mientras el impacto no golpee la puerta de su propia casa, el cierre de una fábrica en el conurbano o en el interior se percibe casi con la misma distancia que un conflicto geopolítico remoto.

​La utopía de la competitividad

​El discurso oficial sostiene que la competitividad llegará a través de la baja de impuestos, pero la realidad fiscal del país pone un signo de interrogación sobre esta promesa. Con un Estado que prioriza el equilibrio de cuentas y el pago de deuda, la reducción de la carga impositiva parece, por ahora, una expresión de deseos más que un plan de ejecución inmediata.

​Sin inversiones frescas a la vista y con un sector servicios que aún no logra absorber la mano de obra desplazada, el interrogante para el 2026 es inevitable: ¿Qué pasará cuando el consumo barato ya no alcance para compensar la falta de producción nacional?

Dato Clave: El cierre de empresas con más de 100 años de historia sugiere que el sector privado percibe este modelo no como una transición, sino como un cambio estructural definitivo.


Fuente: PLANB


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