












La Cumbre del Mercosur en Brasil se desarrolla en un clima de ambivalencia. Mientras el presidente argentino, Javier Milei, llega con una agenda clara de apertura económica y desregulación comercial, el esperado acuerdo con la Unión Europea (UE) vuelve a entrar en un cono de sombras tras un nuevo aplazamiento.
Javier Milei aprovechará este foro para ratificar su visión de un bloque regional menos proteccionista. El Gobierno argentino busca presionar por una mayor apertura comercial, argumentando que el Mercosur debe modernizarse para no quedar aislado de las grandes corrientes de inversión global. Para Milei, el bloque debe ser una plataforma de lanzamiento hacia el libre mercado y no una "jaula" arancelaria.
Todo estaba listo para que este sábado se firmara el histórico tratado que lleva 25 años en negociación. Sin embargo, la política interna europea volvió a poner palos en la rueda. Francia e Italia, presionadas por sus sectores agrícolas, han solicitado postergar la rúbrica hasta enero.
El corazón de la disputa es la competitividad. Los productores de Francia e Italia temen que la entrada masiva de carne, soja, arroz y miel sudamericana —producidos a menor costo y con normativas diferentes— hunda sus mercados locales. Las protestas en Bruselas han sido el reflejo de una resistencia que, según fuentes diplomáticas, roza "lo irracional" en la opinión pública francesa.
Con Brasil cediendo la presidencia rotativa, Lula da Silva se mostró resignado ante la demora, aunque subrayó que el pacto es vital para la defensa del multilateralismo. Por su parte, los presidentes de Uruguay, Yamandú Orsi, y de Paraguay, Santiago Peña, observan con cautela cómo los intereses europeos vuelven a postergar lo que sería la zona de libre comercio más grande del planeta.
La cumbre en Brasil no es solo una reunión de trámite; es el escenario donde se definirá si el Mercosur puede avanzar hacia una integración real o si seguirá atrapado en la burocracia de los intereses transatlánticos.











