












El arranque del 2026 ha puesto sobre la mesa una realidad ineludible para el comercio minorista: el consumo ya no convalida cualquier aumento. Tras un diciembre de relativa calma, el sector de los almaceneros advierte que la capacidad de compra de los argentinos llegó a su límite, obligando incluso a las grandes empresas a dar marcha atrás con sus listas de precios.
Fernando Savore, referente de la Federación Nacional de Almaceneros, describió un escenario atípico. Según el dirigente, muchas empresas proveedoras envían listas con incrementos que, a las pocas semanas, deben "corregir" mediante bonificaciones de emergencia. ¿La razón? La mercadería simplemente no rota. Cuando el consumidor no puede pagar, el producto se queda en el estante y la especulación cede ante la necesidad de vender.
A pesar de esta resistencia, el goteo de aumentos no se detiene del todo. Productos esenciales como los lácteos han registrado subas de aproximadamente un 2,5% en lo que va de enero. Si bien parece un número bajo de forma aislada, el impacto en una compra diaria de leche o yogurt termina desequilibrando el presupuesto mensual de las familias.
La crisis no solo cambió lo que se compra, sino cómo se compra. El informe sectorial destaca puntos clave:
El panorama se completa con una tenaza peligrosa: mientras las ventas bajan por la estacionalidad de enero y febrero, los costos fijos de los locales (luz, alquileres y tasas municipales) siguen en ascenso. Para el almacenero de barrio, el desafío hoy es equilibrar el precio para no perder al cliente, sin que los gastos operativos terminen por fundir el negocio.
En definitiva, el mercado parece haber encontrado un techo natural impuesto por los salarios. Sin una recuperación del poder adquisitivo, la brecha entre lo que las empresas pretenden cobrar y lo que el vecino puede pagar seguirá profundizando la recesión en las góndolas.











