Reforma laboral, furia social y el puente en llamas

- EDITORIAL DEL DOMINGO

Reforma laboral, furia social y el puente en llamas
Reforma laboral, furia social y el puente en llamas

Un país que celebra el ajuste

El viernes, la Cámara de Diputados dio media sanción a la reforma laboral. Afuera del Congreso, en redes sociales, en los grupos de WhatsApp, en los bares y en las esquinas, hubo festejos. Muchos trabajadores celebraron una ley que reduce derechos laborales históricos. Ahora la discusión pasa al Senado, pero todo indica que el rumbo no cambiará.

Lo verdaderamente inquietante no es solo el contenido de la norma, sino el clima social. Una parte significativa de los argentinos —y también de los misioneros— aplaude decisiones que objetivamente pueden perjudicarlos. Y lo hace con una convicción cargada de enojo, con una hostilidad que no distingue matices ni admite explicaciones.

La antipolítica se convirtió en identidad. La furia, en bandera.

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La trampa perfecta para las provincias

En este escenario, la actuación de los legisladores nacionales se volvió una encerrona. Si acompañan al Presidente, reciben críticas por “entregarse”. Si se oponen, son acusados de “poner palos en la rueda”. La lógica del “anti casta” no deja espacio para la racionalidad: cualquier postura es condenada, porque el problema ya no es la decisión, sino la política misma.

Los gobiernos provinciales, como el de Misiones, enfrentan una encrucijada inédita. Deben votar, negociar, gestionar y administrar en medio de una tormenta emocional donde el costo político parece estar garantizado cualquiera sea el camino elegido.

Se toman decisiones que buscan ayudar, pero la gente reacciona de manera imprevisible, hostil, haciendo que cada acción, por más positiva que sea, tenga un recibimiento incierto.

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El riesgo de querer que todo explote

La sensación es que una parte de la sociedad quiere el estallido. Quiere que todo se rompa para empezar de nuevo. Esa pulsión puede tener expresión electoral en 2027.

El problema es que en esa lógica no se miden las consecuencias. No siempre se hace la relación directa entre las decisiones nacionales y lo que ocurre en la vida cotidiana. Si las provincias pierden recursos, pueden resentirse herramientas concretas como el Ahora Escolar, el Boleto Educativo Misionero, la ayuda escolar o la continuidad de políticas que amortiguan la crisis.

Cuando se incendia el edificio, no solo se quema el despacho del dirigente: se queman los pasillos que transitan todos.

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Gestión en medio del ruido

Mientras la espuma sube, la gestión continúa.

El gobernador Hugo Passalacqua confirmó aumentos salariales para fuerzas de seguridad y docentes en dos tramos —febrero y abril— y convocó a Salud y Administración Central para discutir actualizaciones en marzo.

Se relanzaron los programas Ahora Escolar y Ahora Textos para aliviar el gasto familiar en el inicio de clases. El 25 de febrero se acreditará la Ayuda Escolar: $91.000 por hijo y $227.500 por hijo con discapacidad.

La Provincia invirtió $1.150 millones en la puesta a punto de más de 300 escuelas y sostiene el Boleto Educativo Misionero para 400 mil estudiantes, aun con caída de coparticipación. Además, mejoró su desempeño en el Índice de Transparencia Presupuestaria de CIPPEC, alcanzando 7,55 puntos y ubicándose entre las jurisdicciones más consistentes del NEA.

Passalacqua también recorrió el Banco de Sangre, Tejidos y Biológicos, único organismo público de su tipo en el país, que incorporó un nuevo móvil para reforzar colectas en el interior.

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Gobernar sobre un puente en llamas

La política misionera, con dirigentes acostumbrados a crisis profundas, enfrenta hoy un desafío distinto: el emocional. Explicar que se negocia para sostener salarios o garantizar fondos no siempre alcanza. Cuanto más moderada y responsable parece una postura, más sospecha genera.

No se trata de convencer a nadie de un voto ni de absolver errores. Se trata de recordar algo básico: las decisiones tienen consecuencias. Las reformas no son abstractas. El odio no construye hospitales ni paga sueldos. La antipolítica no garantiza boletos estudiantiles ni aulas refaccionadas.

Se puede estar enojado. Se puede reclamar cambios. Pero cuando la furia se convierte en único criterio, el riesgo es terminar celebrando lo que nos perjudica y atacando lo que nos sostiene.

En tiempos tumultuosos, gobernar se parece cada vez más a caminar por un puente en llamas. Del otro lado no hay aplausos asegurados. Solo la responsabilidad de que, pese a todo, la estructura no se derrumbe.

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