Cuando la economía se enfría, la coparticipación también cae

- EDITORIAL DEL DOMINGO

Cuando la economía se enfría, la coparticipación también cae
Cuando la economía se enfría, la coparticipación también cae

Cuando una empresa cierra, no solo desaparece una fuente de trabajo. Se apaga una parte del motor económico. Se pierde facturación, se pierden impuestos, y con ello se reduce la recaudación que sostiene al Estado. Es una cadena directa, sin intermediarios ni eufemismos: menos actividad implica menos ingresos fiscales, y eso termina impactando en cada provincia argentina.

El caso de Fate funciona como ejemplo claro y cercano. Cuando una firma de ese tamaño frena o reduce su producción, no solo deja trabajadores en la incertidumbre o golpea a su red de proveedores. También elimina una porción relevante de actividad formal que generaba IVA, Ganancias y otros tributos coparticipables. Ese vacío no se reemplaza fácilmente. Y lo más importante: se siente en todo el país.

El fenómeno no es aislado. En los últimos dos años, alrededor de 22 mil empresas cerraron en la Argentina. Veintidós mil unidades productivas que dejaron de facturar, de contratar, de vender y, por supuesto, de tributar. Cada cierre representa menos ingresos para el fisco nacional y, en consecuencia, una reducción de la masa coparticipable que luego se distribuye entre las provincias.

Ahí aparece un dato clave para entender la magnitud del problema: Misiones recibe aproximadamente el 3,4% de esa masa. La lógica es simple, pero contundente. Si la recaudación nacional cae, la “torta” a repartir se achica. Y si la torta se achica, también lo hace ese 3,4%. El resultado es inmediato: menos recursos para pagar salarios, sostener hospitales, financiar escuelas, garantizar seguridad o asistir a los sectores más vulnerables.

No se trata de una discusión teórica ni de una lectura política. Es una cuestión de caja. De presupuesto. De funcionamiento real del Estado. Cuando desde la provincia advierten que ingresan decenas de miles de millones de pesos menos por mes, están describiendo el impacto concreto de una economía que se enfría.

Y ese enfriamiento tiene múltiples caras. Si cae el consumo en los grandes centros urbanos, toda la cadena productiva vende menos. Si se paraliza la construcción, se detiene una de las principales usinas de empleo e impuestos. Si el turismo interno pierde dinamismo, se resienten sectores clave como la hotelería, la gastronomía y el transporte. Si el empleo formal retrocede, cae también la base tributaria. Todo conduce al mismo punto: menos actividad, menos recaudación, menos coparticipación.

El impacto no distingue jurisdicciones. Provincias como Córdoba ya avanzan en ajustes internos y recortes para sostener sus cuentas. Buenos Aires advierte sobre la pérdida de recursos y anticipa un año complejo para sus municipios. El escenario es generalizado. La crisis atraviesa al país sin importar signos políticos ni ubicaciones geográficas.

En este contexto, Misiones intenta amortiguar el impacto con herramientas propias. La prórroga de los programas Ahora hasta junio, con mejores reintegros y mayores topes, busca sostener el consumo. Las medidas de alivio financiero para trabajadores públicos, jubilados y pensionados apuntan a descomprimir economías familiares presionadas por el costo del crédito. Eventos comerciales como “El Reventón Posadas” buscan reactivar ventas y sostener empleo. A eso se suman la agenda turística de Semana Santa, la promoción de la Exposición Agroindustrial de Oberá y la continuidad de políticas de salud y asistencia territorial.

Sin embargo, ninguna de estas medidas puede considerarse una solución estructural. Son herramientas de contención en un contexto adverso. Parche sobre una dinámica más profunda.

Porque el problema de fondo sigue siendo el mismo: cuando la economía real se enfría, el Estado —en todos sus niveles— pierde capacidad de respuesta. Y cuando eso ocurre, las provincias quedan expuestas a una intemperie fiscal que condiciona su presente y compromete su futuro.

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