












La política internacional atraviesa una etapa de reacomodamientos que empieza a dejar señales sobre los límites de los discursos ideológicos cuando no consiguen traducirse en mejoras concretas para la sociedad. Las recientes derrotas electorales de referentes de la derecha internacional, el desgaste del gobierno de Javier Milei y la visita del papa León XIV a la Argentina reabren una discusión sobre las prioridades de quienes gobiernan. En Misiones, Hugo Passalacqua parece apostar por una estrategia diferente: menos confrontación discursiva y mayor atención a las demandas cotidianas.
El escenario plantea una pregunta que excede las fronteras argentinas: ¿están perdiendo fuerza las nuevas derechas o simplemente están comenzando a pagar el costo de no cumplir con las expectativas que las llevaron al poder?
Los resultados electorales recientes en Estados Unidos, Brasil y Hungría, junto con las dificultades políticas del oficialismo israelí, alimentan esa discusión. Sin embargo, interpretar esos acontecimientos como el final de un ciclo ideológico puede resultar apresurado. Detrás de los cambios electorales aparece un factor mucho más concreto: la capacidad de los gobiernos para mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos.
Los salarios, el empleo, el costo de los alimentos, el acceso a la vivienda y la calidad de los servicios públicos terminan teniendo un peso determinante cuando llega el momento de evaluar una gestión.
Donald Trump llegó nuevamente al poder con un discurso que conectó con una sociedad preocupada por la pérdida del poder adquisitivo, la inflación, el empleo y las dificultades económicas. Su promesa consistía en recuperar la prosperidad estadounidense y devolverles a los trabajadores la seguridad económica que consideraban perdida.
Sin embargo, una vez en el gobierno, parte de esa agenda quedó condicionada por decisiones que generaron nuevas tensiones económicas y comerciales. La política arancelaria, los conflictos internacionales y el incremento del gasto militar terminaron colocando nuevamente en el centro de la discusión el costo de vida y las prioridades de la administración republicana.
El problema no fue necesariamente la identidad ideológica del gobierno, sino la distancia entre las expectativas generadas y los resultados percibidos por la población.
Una situación que debería ser observada con atención por Javier Milei.
El Presidente argentino llegó a la Casa Rosada interpretando un profundo malestar social. Su discurso contra la inflación, el déficit fiscal, los privilegios de la dirigencia política y el funcionamiento del Estado consiguió canalizar una demanda de cambio que las fuerzas tradicionales no habían logrado representar.
Pero ganar una elección y sostener la legitimidad de un gobierno son desafíos diferentes.
La estabilidad macroeconómica, el equilibrio fiscal y la desaceleración de la inflación constituyen objetivos importantes, pero no alcanzan por sí solos para resolver las preocupaciones de millones de argentinos. El salario, el empleo, el consumo, la educación, la salud y las posibilidades de acceder a una vivienda continúan siendo cuestiones centrales.
El riesgo para Milei es confundir las prioridades de su núcleo de adhesión ideológica con las necesidades de una sociedad mucho más amplia. La confrontación permanente con adversarios políticos, universidades, sindicatos, periodistas y otros sectores puede mantener movilizada a una parte de su electorado, pero no reemplaza la obligación de ofrecer respuestas concretas.
A casi tres años de gestión, la expectativa de que los resultados llegarán más adelante comienza a convivir con una pregunta cada vez más incómoda: ¿cuánto tiempo puede sostenerse un programa político cuando una parte de la población siente que los sacrificios ya fueron suficientes?
Las mediciones de opinión pública mencionadas en el análisis original muestran señales de desgaste en la aprobación presidencial y mantienen a los salarios, el empleo y la incertidumbre económica entre las principales preocupaciones.
El desgaste del oficialismo no significa necesariamente que la sociedad esté preparada para regresar al pasado. Esa es otra de las advertencias que deja el escenario internacional y que debería ser considerada por la oposición argentina.
El deterioro de la imagen de Milei y el crecimiento del malestar económico no representan automáticamente una recuperación electoral del peronismo. Existe una diferencia entre querer modificar el rumbo actual y desear volver a una experiencia política anterior.
Una parte importante de la sociedad reclama una alternativa que pueda conservar los avances que considera positivos, corregir los costos sociales del programa económico y ofrecer una perspectiva de crecimiento más inclusiva.
El peronismo todavía tiene pendiente construir esa propuesta.
No alcanza con reivindicar los años de crecimiento económico, la expansión del consumo o las políticas de inclusión de otras etapas. Tampoco es suficiente atribuir todos los problemas actuales al programa libertario. La sociedad necesita saber qué propone hacer la oposición para resolver las dificultades que hoy atraviesan las familias y las empresas.
La nostalgia puede servir para reconstruir una identidad política, pero difícilmente alcance para construir una mayoría electoral.
Por eso, las derrotas de referentes de la derecha internacional no deberían interpretarse como una victoria automática de sus adversarios. Lo que parece estar cambiando es la relación entre los ciudadanos y sus gobiernos: las sociedades están cada vez menos dispuestas a sostener indefinidamente proyectos políticos que no producen resultados.
La llegada del papa León XIV a la Argentina agrega otro elemento a la discusión política nacional.
El pontífice representa una mirada social que continúa buena parte de la línea pastoral de Francisco, con énfasis en la dignidad humana, la solidaridad, el trabajo y la atención a los sectores más vulnerables.
Su agenda en el país, con actividades previstas en instituciones dedicadas a personas con discapacidad, encuentros con representantes sindicales y organizaciones sociales, coloca nuevamente esas cuestiones en el centro de la conversación pública.
Las diferencias entre esa concepción social y el pensamiento económico del Gobierno nacional resultan evidentes. Sin embargo, sería un error pensar que la visita papal puede convertirse automáticamente en un instrumento electoral para la oposición.
La sociedad puede expresar desencanto con Milei sin necesariamente sentir nostalgia por los gobiernos anteriores. Intentar apropiarse políticamente de una figura religiosa también puede generar el efecto contrario al buscado.
El desafío de la política argentina sigue siendo interpretar las demandas sociales sin convertir cada acontecimiento en una disputa partidaria.
Mientras la discusión nacional permanece atravesada por fuertes enfrentamientos ideológicos, en Misiones Hugo Passalacqua parece haber elegido otro camino.
La estrategia provincial se apoya en una lógica más pragmática: administrar los recursos disponibles, sostener servicios esenciales, acompañar a los sectores productivos y atender problemas concretos que afectan a los municipios y a las familias.
En un escenario de restricciones presupuestarias y retracción de la inversión nacional, la gestión provincial busca mantener determinadas capacidades de respuesta.
Uno de los ejemplos más significativos aparece en materia sanitaria. Frente a la reducción de los envíos nacionales del programa Remediar, Misiones destinó alrededor de 1.200 millones de pesos mensuales a la compra de medicamentos para sostener la cobertura en el sistema público de salud.
La decisión representa una respuesta concreta ante una necesidad que no puede quedar supeditada a las discusiones entre Nación y Provincia.
En infraestructura, el Gobierno provincial también avanzó con la licitación de obras sobre la Ruta Nacional 14, con mejoras en el tramo comprendido entre Leandro N. Alem y Campo Viera, incluyendo terceras trochas. Se trata de una intervención que responde a una demanda histórica de la zona Centro y que, por tratarse de una ruta nacional, debería contar con responsabilidades de financiamiento de esa jurisdicción.
La Provincia también tuvo que coordinar respuestas ante los daños provocados por tormentas en distintas localidades, entre ellas Panambí, Puerto Leoni, Jardín América, Aristóbulo del Valle, Campo Grande, Ruiz de Montoya, Leandro N. Alem, Mojón Grande y Apóstoles.
A esto se sumaron obras de remodelación en el área de Pediatría del Hospital SAMIC de Puerto Iguazú y la entrega de seis ambulancias destinadas a fortalecer la atención de emergencias.
Son decisiones que no modifican por sí solas el escenario económico, pero muestran una orientación de gestión que busca mantener presencia estatal en áreas sensibles.
La diferencia está en que, mientras buena parte de la política nacional concentra sus energías en las disputas ideológicas, la administración provincial intenta sostener una agenda vinculada con las necesidades cotidianas.
Sin embargo, el pragmatismo de Passalacqua no se limita a la administración de recursos. También tiene una dimensión política.
La decisión de romper con el esquema histórico de conducción de Carlos Rovira abrió una etapa de reconfiguración dentro del oficialismo misionero. Una transformación que hasta hace pocos meses parecía difícil de imaginar y que comenzó a traducirse en cambios administrativos y decisiones que modificaron estructuras de poder.
Entre las medidas más significativas aparecen la eliminación de mecanismos de retención de Ingresos Brutos en billeteras virtuales, la reducción de estructuras estatales y los cambios en organismos estratégicos como la Agencia Tributaria Misiones y Energía de Misiones.
También se inscribe en este proceso el fortalecimiento de los mecanismos de control sobre empresas y sociedades con participación estatal, a partir de la ampliación de las facultades del Tribunal de Cuentas.
La ruptura con el esquema anterior permitió al gobernador avanzar sobre cuestiones que durante años habían formado parte de una estructura de decisiones mucho más concentrada.
En esa nueva etapa también se ubican las decisiones relacionadas con Alegramed y Agro Sustentable, que quedaron bajo revisión en el marco de una política de mayor control sobre los recursos públicos.
Pero la transformación política no garantiza por sí misma una mejora en la gestión. Passalacqua deberá demostrar que la reorganización del poder se traduce en instituciones más transparentes, una administración más eficiente y mejores resultados para los ciudadanos.
La sociedad puede valorar un cambio de conducción, pero finalmente exige respuestas.
El principal desafío de Misiones es sostener esta orientación en un contexto económico complejo. La Provincia no dispone de recursos ilimitados y tampoco puede reemplazar todas las obligaciones que corresponden al Estado nacional.
La austeridad puede ser necesaria, pero no debería convertirse en parálisis. El ordenamiento administrativo tiene sentido cuando permite liberar recursos para invertir, sostener servicios y acompañar a quienes producen y generan empleo.
Passalacqua deberá demostrar que la nueva etapa política no se limita a un cambio de nombres o de conducción, sino que representa una modificación efectiva en las prácticas de gobierno.
También deberá sostener el equilibrio entre las restricciones presupuestarias y las demandas de una sociedad que necesita respuestas inmediatas.
Las derrotas electorales de Trump, Bolsonaro y Orbán, el desgaste político de Milei y la continuidad de algunos oficialismos provinciales permiten observar una tendencia: las identidades ideológicas ya no parecen suficientes para garantizar la permanencia en el poder.
Las sociedades no necesariamente se volvieron más de izquierda o más de derecha. Se volvieron más exigentes con quienes tienen la responsabilidad de gobernar.
El ciudadano que no llega a fin de mes difícilmente encuentre una respuesta en una batalla cultural. El productor que pierde rentabilidad necesita herramientas para continuar trabajando. La familia que espera una vivienda necesita soluciones y el paciente que concurre a un hospital necesita medicamentos.
En definitiva, la política puede construir discursos, identidades y adversarios, pero su legitimidad termina midiéndose en la vida cotidiana.
Quizá allí se encuentre la principal diferencia entre los proyectos que consiguen sostenerse y aquellos que comienzan a desgastarse: la capacidad de comprender que gobernar no consiste solamente en imponer una visión del mundo, sino en mejorar las condiciones en las que vive la sociedad.
El pragmatismo que intenta instalar Passalacqua en Misiones tendrá que demostrar que puede sostenerse en el tiempo. Pero, en un escenario de incertidumbre económica y reconfiguración política, parece haber identificado una cuestión fundamental: la gente no vota solamente por lo que piensa, también vota por cómo vive.