Hoy, el mapa de la Argentina parece haberse transformado en una fría mesa de disección. Mientras nos aseguran que los cortes son necesarios para salvar el cuerpo social, quienes manejan el bisturí parecen regodearse en la profundidad de la herida. Estamos atravesando un tiempo donde la realidad se divide entre los números que cierran y las personas que quedan afuera.
El castigo de existirResulta una paradoja cruel que, en la tierra del trigo y las vacas, el acto de comer se haya vuelto un milagro o una forma de resistencia. Las ollas populares, que históricamente fueron refugios de esperanza, hoy se levantan como monumentos al vacío. Pareciera que el hambre no es un accidente, sino un castigo para quienes no encajan en las planillas de cálculo de un sistema que solo permite existir a las cifras. 
Libertad, pero ¿para quién?Nos hablan de una libertad que, en la práctica, se asemeja demasiado a la del zorro dentro de un gallinero libre. Vemos persianas que bajan como párpados cansados de ver tristeza: son nuestras Pymes, el corazón de cada barrio, que se apagan bajo el peso de tarifazos asfixiantes. Mientras tanto, el capital —ese que no conoce de fronteras pero sí de intereses— se lleva incluso lo que no es suyo.
La clase media, por su parte, atraviesa un laberinto sin salida. Quienes ayer soñaban con el ascenso social, hoy despiertan en un sótano económico, pagando deudas con más deudas en una calesita que gira frenéticamente hacia la nada.
La patria en subastaEl escenario se completa con una entrega sistemática de los recursos estratégicos. El litio, el agua y la tierra se ofrecen al mejor postor extranjero con una reverencia, mientras el pueblo observa desde los márgenes, como un invitado de piedra a su propio entierro. Cuando ese dolor intenta hacerse oír en las calles, la respuesta suele ser el miedo, el gas o el olvido. 
El mundo al revésVivimos el tiempo del mundo al revés, donde a veces los verdugos exigen ser aplaudidos y las víctimas son señaladas como responsables de su propia desgracia. Sin embargo, en medio de este rompecabezas de la crueldad, sobrevive una certeza: la gente pequeña, en sus lugares pequeños y haciendo cosas pequeñas, sigue siendo la única fuerza capaz de cambiar el mundo y devolverle la humanidad a la patria.