No se conoce muy bien, o por lo menos yo no lo sé, cuál fue el inicio de lo que se conoce como “el juego de la gallina”.
Pero mi primer recuerdo de algo parecido, aunque no sabía que se llamaba así, es una escena de una vieja película, tan vieja que actuaba el fallecido James Dean, llamada Rebelde sin Causa.
En ella dos conductores manejaban sus vehículos a toda velocidad hacia un precipicio, y el perdedor era quien primero detenía el vehículo o se arrojaba de él. Es decir: ganaba el más valiente.
Cuando vi la película, ya adolescente grande, en uno de esas salas de cine de culto que funcionaban en Córdoba, recuerdo la sensación de pensar “Estos tipos están locos”, aunque debo reconocer que la escena era atrapante. Esperar el desenlace, ver quien resultaba triunfador, o si se hacían pelota los dos, generaba una expectativa inusual.
Con el tiempo el juego de la gallina, game of chicken en inglés, fue mutando en otra modalidad. Una ruta, dos autos frente a frente acelerando a fondo. Quien se desvía para evitar el inminente choque es el que pierde.
Otra modalidad, pero el mismo desenlace: pierde el que tiene miedo.
El juego de la gallina derivó, con el tiempo, en que numerosos investigadores de las teorías del juego, analizaron los pro y los contra, las actitudes que pueden asumir los conductores, cuáles pérdidas pueden ser mayores (si el perder la vida o sufrir el escarnio de demostrar cobardía), los aspectos teóricos de lo que podría hacer cada uno de los conductores dependiendo de lo que supone que va a hacer el otro conductor. En definitiva lo consideran que es un juego donde es posible que pierdan los dos.
Cada uno confiado en que el rival será más cobarde y girará el vehículo antes de chocar, que prime la racionalidad en el adversario.
En las últimas semanas Argentina se parece bastante a éste juego.
Por supuesto cada uno de nosotros tendrá una perspectiva distinta de quién fue el irresponsable de convocar al juego.
En mi caso, y para que quede claro porque no me gusta hacerme el distraído, el primer responsable es el presidente Milei.
Él se paró en la ruta, colocó el auto, y desafió a quien pasara por allí, a jugar.
No importaba si era Lali Espósito, Alejandro Borenstein, los diputados, los senadores, la etérea casta (para no ser casta sólo es necesario pensar como él, como ejemplo acabado de ello es Daniel Scioli, Caputo, o Patricia Bulrich que hace 40 años que desempeña funciones en distintos gobiernos), la oposición, los que pensamos distinto, los periodistas y medios críticos, su Diputada Nacional Carolina Píparo, López Murphy (en un hallazgo intelectual digno de un cromañón fue acusado de colectivista), y todos otros aquellos que él, y solo él (o tal vez con la enigmática colaboración de su hermana Karina), forman parte de las fuerzas del mal, y quedan excluidos del equipo de los argentinos de bien.
Quien se le ponga en frente. Sin discriminar.
Ahora le tocó con los gobernadores.
En un claro intento de disciplinamiento, rompe relaciones con el gobernador de Chubut, Nacho Torres (curiosamente, o no tanto) uno de los gobernadores que garantizó que sus Diputados Nacionales lo apoyaran en la Ley Ómnibus, reteniéndole parte de la coparticipación (aproximadamente 12 millones de dólares) mientras uno de sus colaboradores de confianza le mandaba un mensaje de texto al ministro de economía de Torres que expresaba “Ahora vamos a ver cómo tu gobernador paga los sueldos”. 
Ejemplo típico de apriete al mejor estilo de la denostada casta política.
Y eso que odia y aborrece la casta.
De inmediato Torres toma el desafío, para su auto en la ruta y acelera “Si no nos pagan lo que nos retuvieron de coparticipación, desde el miércoles no sale nada de combustible de Chubut”, dijo.
Y ahí nomás los otros gobernadores de la Patagonia le dan su apoyo. Al igual que la inmensa mayoría de los gobernadores del país, de todos los colores políticos.
Milei, de acuerdo a sus posteos, está contento. Le da la posibilidad de tener a quien enfrentar en el juego de la gallina. 
Los gobernadores, todos, con la excepción de Jaldo de Tucumán, mostraron de qué lado están.
Entonces acelera. “Lo vamos a meter preso”, en referencia a Torres, dice.
Los gobernadores a su vez también aceleran. Al bloqueo de los combustibles se suman otros gobernadores de la Patagonia. En esta semana tienen una reunión para ver cómo avanzar en la medida.
Todos aceleran confiados en que el otro será racional.
Y en el medio de la carrera se suman actores alentando a uno u otro contrincante. Se oye el griterío insensato de quienes alientan a incrementar la velocidad: “Somos más corajudos que ellos” “Tenemos más aguante” “Somos los buenos y los otros los hijos de puta” “No nos van a correr” dicen. Y los más extremos en la degradación intelectual sostienen “No me importa si nos hacemos percha, porque lo importante es que los otros no existan más”.
Extraño pensamiento naif, pero parece que efectivo para los fanáticos. 
Pero hay un problema: en la carrera de la gallina son dos conductores. Ellos solos, no los acompaña nadie. Es un juego individual.
Aquí es una carrera de trenes en una sola vía, sin posibilidades de desviarse, en el cual viajamos la inmensa mayoría de los argentinos (los de bien de acuerdo a Milei, y los del mal – también como expresa Milei – como es mi caso). No se matan ellos solos: nos hacen percha a todos.
¿Cómo terminará la carrera? La verdad que ni idea.
Pero hay que entender algo: un fanático converso, que dice que vio tres veces la resurrección de Cristo, que expresa que Dios le habló y que su misión era ser presidente de Argentina, y que es el comandante de las fuerzas del cielo, no parece ser un conductor racional.
Si gana esta carrera de la gallina, seguirá inventando otras.
Gentileza: Juan Carlos Magliano